miércoles, 12 de junio de 2013

El cuento latinoamericano.


Por Germán Cáceres
Se sabe que el cuento es una narración breve y concisa, cuyo sentido circular está presidido por la unidad de acción y por un proceso de concentración de todos sus elementos. Según Anderson Imbert su historia puede rastrearse hasta cuatro mil años atrás, pero a partir del siglo XIX adquiere un desarrollo y un afán de perfección en su construcción –sobre todo de la mano de Poe- que lo erigen en uno de los géneros más bellos y renovadores de la literatura universal.
En ese crecimiento conceptual y formal, el cuento latinoamericano ocupa tal lugar de privilegio que podría afirmarse -sin caer en ninguna exageración- que sus fulgores de creatividad y belleza iluminan el panorama literario internacional, y resultaría una tarea inabarcable mencionar en esta ponencia los innumerables cuentistas que enorgullecen las letras de nuestros países.
Fernando Aínsa ha dado de él una definición hermosa: “un vistoso pájaro, digamos un pájaro barroco, encerrado en una jaula de forma geométrica (...) espléndido en su plumaje multicolor, traspasando los barrotes con su canto; ceñido, sin embargo, su libre vuelo potencial, su cuerpo vivaz e inquieto, por la forma de la jaula que lo encierra”.
Hace décadas que la crítica no duda acerca de que las etiquetas de “ismos” sólo sirven para orientar una exposición, pues las grandes obras están más allá de los encasillamientos: son mundos con vida y leyes propias que se nutren de múltiples movimientos. Por ello sólo se apelará a las escuelas literarias para sistematizar los textos citados. 
Realismo y romanticismo
En “Teoría del figurón” (1882), el brasileño Machado de Assis deslumbra con un cuento totalmente dialogado, anticipándose formalmente a lo que explorarían en el siglo XX Ernest Hemingway en “Los asesinos” (1927) y Ross MacDonald en “Tratamiento de shock” (1953). A través de los consejos que un padre da a su hijo, revela un feroz sarcasmo contra las ridículas convenciones y la vulgaridad de la época (entre aquellos sorprende: “el adjetivo es el alma del idioma, su elemento idealista y metafísico. El sustantivo es la realidad cruda y desnuda, es el naturalismo del vocabulario”). O sea, el cuento puede enmarcarse dentro del realismo que inició el argentino Esteban Echeverría con su descripción cruda y minuciosa de las faenas en “El matadero” (escrito en 1838 y publicado en 1871), aunque algunos críticos lo encuadran dentro del movimiento romántico por su fervor expresivo. Otro aporte lo da el colombiano Tomás Carrasquilla con “San Antoñito” (escrito en 1899 y publicado en 1914), un cuadro de costumbres vivaz y gracioso, cuyo sorpresivo final linda con la picaresca.
Naturalismo
El realismo dio paso al naturalismo, un movimiento que presentaba los casos clínicos de personajes sumergidos en el submundo de los vicios, sobre todo del alcohol, de la prostitución y de otros padecimientos de las clases bajas. La influencia vino de Francia, más precisamente de Emilio Zola, cuya saga de veinte novelas que concluyó en 1893 (los “Rougon-Macquart”) intentó realizar un fresco de la sociedad a través de lo que llamó la novela fisiológica, en la que señala la ascendencia de la herencia y el medio ambiente sobre el individuo. Sin embargo, esta escuela no dejaba de bregar por el mejoramiento de las precarias condiciones en que vivía la clase obrera. En “Los amores de Bentos Sagrera” (1896), el uruguayo Javier de Viana describe la barbarie escabrosa de unos hombres de campo que conversan en el transcurso de una implacable noche de tormenta.
Este alegato por los desamparados remite a los textos provenientes del grupo Boedo, que actuó en Buenos Aires entre 1920 y 1930, y del que Elías Castelnuovo –uno de sus mayores representantes junto a Álvaro Yunque, Nicolás Olivari, Leonidas Barletta, César Tiempo y Roberto Mariani-, dice que tomar “como materia prima de sus inquietudes espirituales a la clase trabajadora, no se debió puramente a una determinación estética, sino a que la mayoría de sus componentes procedían de esa clase”. Los cuentos de la oficina (1925), de Roberto Mariani, en los que pululan empleados fracasados y aplastados por una tarea tan monótona como embrutecedora, constituyen un clásico de esta literatura comprometida. Junto a los nombrados escritores, se suele incluir a Roberto Arlt, pero él nunca se identificó con esta agrupación, aunque su temática de la ciudad y su estética indudablemente lo emparientan con ella. En “El jorobadito” (1933) registra las condiciones salvajes de la vida urbana, semillero de relaciones conflictivas, de torturas psicológicas, de humillaciones y de seres frustrados y sin salida. Para David Viñas, los personajes de Arlt anhelan “Irse, eludir mágicamente el trabajo y las miradas humillantes para remontar el vuelo heroico, solitario y asombroso (...) amar, liberarse, dejarse volar. Y caer, que es donde reside el peligro”.
En 1910 el escritor brasileño João do Rio da a conocer Dentro da noite, en el que figura el cuento “El bebé de gasa rosa”, cuyos componentes de sensualidad y lujuria están protagonizado por una calavera fantasmal que festeja el carnaval. Pero esta literatura fantástica es propia del siglo XIX y se diferencia del cosmopolitismo, que, según Seymour Menton, bucea en los aspectos filosóficos y metafísicos.
El modernismo
Por ello se debe proseguir con el modernismo, que fue una reacción contra el realismo y el naturalismo, y aunque rechazaban la exaltación de los románticos, los unía a ellos el desprecio hacia los valores de la sociedad burguesa. Defendían la belleza estética y el refinamiento del estilo, sus modelos eran la antigüedad clásica griega y el exotismo oriental. Fue un aporte renovador de lenguaje y estilo. Así, el mexicano Manuel Gutiérrez Nájera en “Después de las carreras” (1883) despliega una prosa primorosa impregnada de resplandecientes imágenes que apelan a la sinestesia, y que hacen exclamar a una de las protagonistas “¡Qué hermosa es la vida!”.
En “El rubí” (1888), Rubén Darío (Nicaragua) utiliza un lenguaje maravilloso y poético, en el cual la metáfora, la aliteración y el símil no excluyen la concisión, que adhiere plenamente a la estética modernista y, al incluir gnomos,  se introduce en el género fantástico.
Leopoldo Lugones –de quien dijo Borges que su literatura es una de las máximas aventuras del castellano- en “Los caballos de Abdera”, que forma parte de sus famosos cuentos Las fuerzas extrañas(1906), refiere una leyenda de una ciudad tracia del Egeo, cuyos habitantes sienten admiración por la raza equina, de la que poseen los más bellos ejemplares, hasta que los caballos adquieren hábitos y costumbres humanas y finalmente se transforman en asesinos feroces que matan a sus dueños.
“Justicia india” (1906), del boliviano Ricardo Jaimes Freyre, es un cuento ajustado, potente en su despojamiento. El vínculo con el modernismo se limita a la armonía del estilo, ya que su historia de violencia y justicia despiadada está más cerca del indigenismo.
El mexicano Amado Nervo,  aunque transmite devoción religiosa en “El ángel caído” (1921), se vuelca con lirismo al misterio y al ámbito fantástico.  
A veces el fervor estético da lugar a una actitud barroca, como lo testimonia “La signatura de la esfinge” (1933), del guatemalteco Rafael Arévalo Martínez, fuertemente inspirado por la poesía parnasiana. El cuento es una idealización a ultranza de la belleza femenina, que se torna fatal a los ojos del amante: “La mujer guarda el sagrado tesoro de la especie y posee artes mágicas para encadenar al hombre”. Como su escritura apela a comparaciones de los personajes con las fieras para fijar su carácter, sus cuentos se denominan psicozoológicos.
Regionalismo
Comprende el indigenismo, el indianismo y el criollismo. La intención del escritor era conocerse a sí mismo y a su tierra natal: ya no se miraba la Europa convulsionada por las crisis políticas y económicas y desgarrada por la Primera Guerra Mundial. La protesta social y la afirmación de la conciencia nacional formaron parte de esta corriente, que anhelaba por encima de todo captar el alma de América.
En Brasil, “Contrabandista” (1912), de José Simões Lopes Neto, muestra con sumo vigor un hecho violento en la frontera sur y aprovecha para reivindicar al gaucho: “¡Y fue un tiempo en que el guacho, su caballo y su facón, solos, conquistaron y defendieron estos pagos!”.
Ricardo Güiraldes aporta con “Trenzador” (1915) un canto al artista, encarnado en esta historia no por un pintor o un escultor, sino simplemente por un trenzador de riendas que vive en el campo argentino y cuya tarea lo ha conducido a una irrecuperable soledad.
“La nueva California” (1916), del brasileño Lima Barreto, sitúa la acción en la pequeña ciudad de Tubiacanga, a la que arriba un alquimista que logra obtener oro realizando una insólita experimentación con cadáveres. Un clima gótico anida en esta parábola sobre la codicia humana y la obsesión por la muerte: “La religión de la muerte precede a todas y, ciertamente, será la última en morir en las conciencias”.
El rioplatense Horacio Quiroga (nació en Uruguay pero desarrolló su carrera literaria en la Argentina) produjo, de acuerdo a Beatriz Sarlo, el primer gran viraje de la cuentística nacional por el carácter moderno de su producción, de su unidad y precisión, en la que late, como diría Unamuro, un sentimiento trágico, derivado de su vida signada por el suicidio. “El hombre muerto” (1920) desarrolla una tensión existencial, analiza el miedo elemental del ser humano (“su eliminación del escenario humano”), y enfrenta a los personajes con los peligros de la selva misionera.
El hambre el es protagonista indiscutible del cuento “El vaso de leche” (1929), del chileno nacido en Buenos Aires Manuel Rojas. Escenas contundentes testimonian la atroz realidad de un hombre sin destino, alejándose del criterio de señalar las peculiaridades regionales.
El dominicano Juan Bosch, que llegó a ser presidente de su país, pinta en “La mujer” (1933), un paisaje desolado y abrumador que aplasta a los personajes, sumergidos en un brutal salvajismo y devorados por la pobreza, el sol abrasador y el ámbito desértico.
“El pozo” (1936), de Augusto Céspedes (Bolivia), refiere un suceso que tiene lugar durante la Guerra del Chaco (entre paraguayos y bolivianos), en el cual el calor y la falta de agua motiva que los soldados padezcan un verdadero infierno. Una prosa de agenda se adapta plenamente a este diario de campaña que testimonia la lucha contra la sed: “un destino de aniquilación que me estrangula con las manos impalpables de la nada”.  
Cosmopolitismo
El cosmopolitismo se aleja de la temática social propuesta por el regionalismo y se adentra en los conflictos interiores del individuo, en los problemas que planteaba la vida en las ciudades y en cuestiones filosóficas. Dentro de este concepto integrador cabe comprender el surrealismo, el existencialismo y el realismo mágico. Como señala Beatriz Sarlo, por intermedio de la figura señera de Jorge Luis Borges, en este período se produce el otro gran viraje de la literatura argentina: “A partir de él es posible concebir un relato cuyo verosímil radica esencialmente en su calidad lingüística, en su textura verbal y en los juegos –paralelismos, duplicaciones, simetrías, anticipaciones- cuya retórica constituye lo esencial de la trama”. Borges confesó que quería desarrollar literariamente algunos sistemas filosóficos. “El jardín de senderos que se bifurcan” (1941) introduce –como es habitual en el autor- una inquietud metafísica. “Pensé en un laberinto de laberintos, en un sinuoso laberinto creciente que abarcara el pasado y el porvenir y que implicara de algún modo los astros.” Y expone la idea del tiempo cíclico y circular, jamás lineal.
“La tierra estaba seca como una piel áspera, seca hasta el extremo de las raíces, ya como huesos; se sentía flotar sobre ella una fiebre de sed, un jadeo, que torturaba a los hombres”, comenta el venezolano Arturo Uslar Pietri en “Lluvia” (1935), en un estilo áspero y descarnado que se aleja del regionalismo al asimilar  la aridez de la zona al estado anímico de un matrimonio que languidece.
En 1936, el argentino Eduardo Mallea sacude con un cuento que se puede tildar de existencialista: “Conversación”. Con técnica depurada, presenta a una pareja que en su diálogo refleja el desaliento y el cansancio de no esperar ninguna sorpresa importante en su relación ni tampoco de la vida. Leyendo un diario de la tarde que trae noticias sobre una guerra inminente él dice: “Nadie se entiende. Tampoco se entiende nada” (...) “Ninguna cantidad de odio saciará el odio del hombre por el hombre”, y ella se pregunta: “Si uno pudiera dar a su vida un fin”.
En 1939 la chilena María Luisa Bombal presenta “El árbol”, cuya honda emoción refleja un espíritu femenino que no tolera la medianía de su entorno porque le impide verter sus sentimientos  y la lleva a confesar con amargura: “Puede que la verdadera felicidad esté en la convicción de que se ha perdido irremediablemente la felicidad”. El cuento –de exquisita musicalidad- prorrumpe en una cascada de imágenes que comparan la crisis de la protagonista con la de un árbol que da a la ventana de su cuarto y que finalmente es derribado de un hachazo. 
Juan Carlos Onetti, de Uruguay, es uno de los más importantes escritores latinoamericanos, cuya obra puede considerarse una pesadilla de sexo, depresión, desvarío y condena metafísica, cincelada por un oficio deslumbrante y la influencia indudable del maestro William Faulkner. “Un sueño realizado” (1941) menciona constantemente la vejez y la muerte, que acechan sin pausa. Y en una actitud amarga y pesimista alude a un personaje citando su “juventud impura que estaba a punto de deshacerse podrida”. La escritura magnífica anuncia que algo terrible está por suceder y hace referencia constante al fracaso.
El cubano Lino Novás Calvo (que nació en Galicia) es conocido por su novela El negrero (1933). El cuento “La noche de Ramón Yendía” (escrito en 1933 y publicado en 1942) propone, a través de una prosa nerviosa y un ritmo cinematográfico colmado de suspenso, narrar el acoso que sufre el protagonista, un fugitivo acorralado en medio de caóticas luchas políticas, y que no cesa de bucear en su desasosiego: “sabía que en alguna parte y a alguna hora, ojos que acaso no hubiese visto lo buscaban”.
“El pavo navideño” (1947), del brasileño Mario de Andrade, refleja a la vez el conflicto generacional entre un padre muerto y su hijo y las transformaciones de costumbres que estaban sacudiendo la sociedad de su país después de la Segunda Guerra Mundial. María Antonieta Pereira opina sobre este relato que “Tensionada entre luto, alegría, llanto y placer, la familia acepta el combate entre la vida y la muerte, en el que devorar el pavo funciona como un canibalismo metafórico...”
“Mi primer concierto” (1947), del uruguayo Felisberto Hernández, propone con un humorismo personal, de tintes surreales y absurdos, cómo un dubitativo y tímido músico se prepara, en un teatro, para tocar “un piano viejo, negro”, y al mismo tiempo ironiza sobre la mediocre sociedad de la época.
En “El centavo” (1948), el gran poeta dominicano Manuel del Cabral presenta un cuento breve con una moraleja: la condena del usurero Sequía, cuyo nombre denuncia su sed insaciable de dinero y, además, la aridez de su alma. De paso, subraya el mercantilismo que domina la sociedad contemporánea.
Adolfo Bioy Casares, esposo de Silvina Ocampo y compañero de Borges en numerosas aventuras literarias, pergeña con concisión y ritmo trepidante un cuento fantástico de final abierto, “Las vísperas de Fausto” (1949), impregnado de alusiones literarias que indican que la tan anhelada inmortalidad es una suerte de infierno.
Confabulario (1952) contiene “El guardagujas”, del mexicano Juan José Arreola, portador de una veta de humor absurdo que sugiere una locura planetaria basada en el transporte ferroviario. Este cuento de tintes fantásticos puede entenderse como una palpable alusión a la desquiciada sociedad de su país.
Un lenguaje sobrio, como distante, transmite los últimos momentos de la vida de Juvencio Nava en “¡Diles que no me disparen!”, que forma parte del clásico El llano en llamas (1953), de Juan Rulfo, un escritor atormentado por la idea de la muerte -o de los muertos- y de la desolación de las tierras yermas. El relato es de un realismo desgarrador y su espíritu, que describe el soplar del viento sobre campos áridos, logra despegarse del regionalismo por su óptica moderna que transfigura al protagonista en un hombre universal.
Carlos Fuentes (México) siempre ha afirmado que la visión de su país es a la vez internacional. Uno de sus tantos rasgos notables es su manejo fascinante de la forma del cuento. En “El que inventó la pólvora” (1954) pronostica un futuro apocalíptico derivado del consumismo y de la obsolescencia planificada –efecto y causa de aquél-, dos principios que rigen esta economía de mercado que asegura que aportará bienestar y felicidad. El lema que provocará la destrucción del planeta es: “Usen, usen, consuman, consuman, ¡todo, todo!”.  
“Cartas de mamá” (1959), de Julio Cortázar, argentino (nacido en Bélgica), es indudablemente una joya literaria. En ella el autor realiza una escritura impecable, pletórica de creativas imágenes trabajadas al máximo, y busca una literatura excepcional, es decir fuera de la normalidad. Una expresión de Luis da sentido al tono melancólico del cuento: “Si se pudiera romper y tirar el pasado como el borrador de una carta o de un libro. Pero ahí queda siempre, manchando la copia en limpio, y yo creo que eso es el verdadero futuro”. Su construcción perfecta paulatinamente va urdiendo el costado oculto de la historia. Sucede en París, pero el matrimonio de Luis y Laura evocan con nostalgia Buenos Aires, especialmente el barrio de Flores. No puede dejarse de mencionar el estupendo filme La cifra impar (1962), de Manuel Antín, basado en este cuento.   
Con su primer libro, Los jefes (1959), el peruano Mario Vargas Llosa ganó el premio Leopoldo Alas. De él forma parte “El abuelo”, de gran sencillez pero prolija ejecución, en el que se relata cómo un anciano rebelde marginado por su familia comete una travesura macabra, que da lugar a la presencia de la muerte. Son característicos en Vargas Llosa su poder de observación, su profesionalismo y su talento para forjar estructuras literarias.
Silvina Ocampo, una de las mejores cuentistas argentinas,  en “El vástago” (1959), un cuento de rara perfección, se exhiben las sórdidas relaciones familiares alimentadas por el odio, que, inevitablemente, llevan al incesto y al crimen.
La escritora brasileña (nacida en Ucrania) Clarise Lispector propone una narrativa de sugerencias, tonalidades y experimentos lingüísticos para indagar en la subjetividad femenina y en los atolladeros psicológicos del individuo contemporáneo. En “Amor” (1960) es rotundamente introspectiva y con una prosa bella y armoniosa se sumerge en ese mar incomprensible, a tramos aterrador, del alma humana.
El cultivo del cuerpo como objeto de goce aparece en “La fuerza humana” (1965), del brasileño Rubem Fonseca, ya sea a través de relaciones sexuales frenéticas o de las intensas prácticas gimnásticas. Además, refleja la soledad de los habitantes de las grandes urbes y capta el mundo de los desclasados: el protagonista trabaja en un gimnasio y su novia en una casa de citas.
Andrés Rivera (Argentina) en “La suerte de un hombre viejo” (1965) expone –con una escritura desapasionada y objetiva- una suerte de tregua inesperada en la vida de un hombre de negocios acosado por una desamparada soledad. De improviso, una mujer que trabaja en un local nocturno, consigue que alcance unos momentos de felicidad.
 “Esa mujer” (1965), del desaparecido escritor Rodoldo Walsh, está considerado como una de las cuentos cumbres de la literatura argentina del siglo XX, y tan importante como “El matadero”, de Echeverría. Centrado en el caso del cadáver de Eva Perón, Walsh articula un relato que abreva en la historia, en la técnica periodística y en el género policial. 
En “Los indios” (1968), del argentino Héctor Tizón, un adolescente de catorce años lee con ahínco Cartas de la conquista y al mismo tiempo contempla a unos chicos que juegan a los indios y caras pálidas, hasta que la diversión se transforma en una cruenta batalla con disparos de artillería. Queda en la ambigüedad si lo acontecido fue una pesadilla del muchacho o si misteriosamente se trastocó la realidad.
El realismo mágico
El concepto de realismo mágico lo dio el crítico de arte alemán Franz Roh en 1925, cuando presentaba una nueva corriente pictórica que reaccionaba contra el expresionismo y proponía “reconstruir el objeto partiendo exclusivamente de nuestra interioridad” y agregaba que “La humanidad parece indefectiblemente destinada a oscilar de continuo entre la devoción al mundo de la realidad y a un mundo imaginado, y en verdad que, si alguna vez se detiene este ritmo respiratorio de la historia, no parece quedar otra cosa que la muerte del espíritu”.
Respecto al realismo mágico en su vertiente latinoamericana, se lo puede intentar describir como el relato de un hecho inexplicable que asoma dentro de la cotidianeidad y que no causa mayor sorpresa en los personajes, pero sí en el lector. Asimismo, el tiempo transcurre cíclicamente y  no en forma lineal. Hay en sus narraciones un ámbito como de inasible sortilegio. Según Anderson Imbert, “La estrategia del escritor consiste en sugerir un clima sobrenatural sin apartarse de la naturaleza”. Y para Luis Harss: “En Latinoamérica todo es desmesurado: montañas y cascadas gigantescas, llanuras infinitas, selvas impenetrables. La anarquía urbana echa tentáculos tierra adentro, donde soplan los vendavales. Lo antiguo se codea con lo moderno, lo arcaico con lo futurístico, lo tecnológico con lo feudal, lo prehistórico con lo utópico”. Entre sus mayores exponentes figuran Miguel Ángel Asturias, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Arturo Uslar Pietri y Juan Rulfo, pero corresponde incluir entre ellos a João Guimarães Rosa. No hay que confundir el realismo mágico con lo maravilloso, pues según Todorov este género requiere “admitir nuevas leyes de la naturaleza mediante las cuales el fenómeno pueda ser explicado”, y tampoco con la noción propuesta por Carpentier de “real maravilloso”, dado que éste se enlaza con los mitos indígenas de Latinoamérica.
En “Leyenda del sombrerón” (1930), el premio Nóbel guatemalteco Miguel Ángel Asturias ofrece un poético aluvión de imágenes para describir un juego de pelota, que según el autor “simboliza a veces las luchas, las victorias y las derrotas de la vida terrestre, celeste, astronómica, subterrestre”. El cuento respira calidez y alegría y registra un paisaje exuberante y vital. Este cuento forma parte de las Leyendas de Guatemala, fruto de los estudios sobre la cultura maya realizados por Asturias en París.
“El prisionero” (1953) plantea  acontecimientos que fluctúan entre lo cíclico y lo eterno porque con un estilo medido y a la vez brillante presenta temas caros al paraguayo Augusto Roa Bastos: la lucha política y la guerra en la selva, que recorren toda la historia de su país como si se repitieran desde el principio de los tiempos.  
Una prosa llana y límpida que discurre como agua de manantial es la que utiliza el Premio Nóbel colombiano García Márquez para su cuento “La prodigiosa tarde de Baltazar” (1962), que capta un ámbito diáfano en torno a la jaula que fabrica el protagonista: una atmósfera de encantamiento permite que el cuento se abra a múltiples interpretaciones. Es como si el pueblo de Macondo y el paisaje que lo circunda tuvieran una inasible vida interior.
En “La tercera orilla del río” (1962), de Guimarães Rosa, uno de los grandes de la literatura brasileña junto a Euclides da Cunha y Clarice Lispector, el narrador comenta que “Nuestro padre no volvió. No iba a ninguna parte”, y refleja, así, que la problemática metafísica carece de respuestas: es la tercera orilla del río a la que jamás se arriba. “Para llegar allí sólo se necesita rasgar el velo, o dar el traspié”, afirma Luis Harss. Se desliza la incertidumbre de si el padre, que permanece en una canoa en medio del río, podría haberse convertido en un fantasma después de morir, y el hijo haber ocupado su lugar como una alegoría del eterno retorno.
Para Ricardo Piglia, Juan José Saer no sólo es el más grande escritor argentino actual, sino uno de los mejores en cualquier lengua. En “Sombras sobre un vidrio esmerilado” (1966), registra el fluir de conciencia de una mujer que, hamacándose en un living, observa con detenimiento a su alrededor –entre otras cosas la sombra de la silueta de su cuñado duchándose en el baño- y recuerda con ritmo moroso y pausado sucesos del pasado que la marcaron para siempre. En ese tiempo detenido respira su hastío y su tormento: “Odiamos la vida porque no pude vivirse. Y queremos vivir porque sabemos que vamos a morir”, medita.
En “Los advertidos” (1967), del cubano Alejo Carpentier, un lenguaje exultante y barroco, tributario del indigenismo, narra la historia del diluvio universal en un contexto circular que descansa en mitos y leyendas. Para Gregory Zambrano “interactúan bajo el mismo rol actancial de ser ´salvadores de la humanidad´, figuras como Noe, El hombre de Sin, Deucalión, Out-Napishtim y Amalivaca”. No obstante, en el relato de Carpentier hay una cosmovisión sombría sobre el destino de la humanidad, pues “en eso, una oscura historia de rapto de hembra, dividió a la multitud en dos bandos, y fue la guerra. Amaliwak regresó rápidamente a la Enorme-Canoa, viendo cómo los hombres, recién salvados, se mataban unos a otros”.
Se debe aclarar que la célebre década del “Boom” (1960-1970) fue marcada por la novela. Entre ellas se destacan Hijo de Hombre (1960), de Roa Bastos, Rayuela (1963), de Cortázar, La casa verde(1967), de Mario Vargas Llosa y Cien años de soledad (1967), de García Márquez. Sólo esta última puede enrolarse dentro del realismo mágico, del que es sin duda su máxima expresión. Más tarde, en 1975, Carlos Fuentes publica Terra Nostra, otra cumbre de la novelística latinoamericana.
Desde 1970
Graciela Tomassini y Stella Maris Colombo apuntan que: “A partir de los 70, los grandes relatos apoyados en el mito, las ideologías, la promesa o amenaza del avance tecnológico, ceden paso a los pequeños relatos de la cotidianeidad, la exploración de los repliegues íntimos de la existencia individual o grupal, el costado privado o menos conocido de la Historia y sus personajes”.
“Tarde en la noche” (1970), del brasileño Luiz Vilela, retrata con oficio y pericia técnica a un hombre harto de su matrimonio que espera un milagro para liberarse. En una casual  conversación telefónica mantenida a las dos de la mañana entre él  y una joven que no conoce se refleja la melancolía y soledad de los habitantes de las metrópolis. Y la joven que está al borde de suicidarse rememora la frase que Vincent Van Gogh dijo a su hermano Theo: “La tristeza jamás me abandonaría”.
Según Claudia Morero y Mariela Grosso, Virgilio Piñera (Cuba) presenta “una visión extrañada del mundo que permite develar el carácter ilógico de las leyes humanas”, característica que se muestra en la brevedad del cuento “La boda” (1970), en el cual –a la manera del objetivismo- registra ese estar ahí de las cosas al describir las ondulaciones del vestido y los movimientos del cuerpo de la novia.
Un lugar especial por su originalidad y su sentido lúdico lo representa el guatemalteco Augusto Monterroso con sus minicuentos, esa narrativa que se nutre de la poesía y asombra con sus epifanías. Para Graciela Bucci “Con agudeza acude en sus textos a la ironía, la cual es en su obra no un recurso del lenguaje sino una astuta forma de intertexto que surge en el proceso de la asimilación lectora”. Un ejemplo es “El paraíso imperfecto” (1969), que afirma lo siguiente: “-Es cierto –dijo mecánicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno-; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve”.
“Muerte de un rebelde” pertenece a Rajatabla (1970), de Luis Britto García, de Venezuela, libro con el cual obtuvo la fama y el Premio Casa de las Américas. Es un cuento que relata con distanciamiento cómo un combatiente enfermo muere en la casa de un compañero, que no sabe quién era ni qué tareas realizaba. Nadie comunica ese fallecimiento, ni la guerrilla ni las fuentes del gobierno. Así, señala cómo estas guerras internas ocasionan la clausura obligada de los sentimientos.
En 1972, el argentino Daniel Moyano publica “La fábrica”, en la que imperan una atmósfera enrarecida y una sensación de irrealidad: pareciera que todo fue un sueño, que la fábrica sólo existió en la fantasía de los habitantes insatisfechos de un lejano pueblo de provincia.
El brasileño Murilo Rubião imprime un clima opresivo en “El bloqueo” (1974), cuento de sentido abierto que oscila entre el absurdo y lo fantástico y evoca “Casa tomada”, de Cortázar. Para María Antonia Pereira “es una buena imagen del ciudadano brasileño perseguido en los años del autoritarismo”.
La argentina Luisa Valenzuela ensaya en tono chispeante un cuento entre absurdo y onírico en “Aquí pasan cosas raras” (1975), en el que demuestra dominar la prosa a su antojo. El lector queda perplejo porque duda si todo lo acontecido no fue otra cosa que un sueño de Mario, uno de los protagonistas. El terror de la represión policial como parte de la vida cotidiana bajo un régimen militar está continuamente recalcado.
Con un lenguaje soberbio, Abelardo Castillo, de Argentina, cincela un cuento circular de raíz borgiana, “Las panteras y el templo” (1976), aunque con indudable voz propia al exponer una rara circunstancia acerca de un escritor que urde un relato sobre alguien que está a punto de asesinar a su esposa con un hacha y, a la vez, repite ese hecho como un sonámbulo con su mujer al lado.
Un mismo protagonista desfila en los cuentos de Trafalgar (1979), de Angélica Gorodischer: se trata de Trafalgar Medrano, que se reúne con la autora en el bar Burgundy, de la ciudad argentina Rosario, para contarle a ella  –mientras toma litros de café y fuma cigarrillos negros sin filtro- los viajes que realiza a bordo de su cacharro a Veroboar, Seskundrea, Karperp, Belanius III y demás mundos de extrañas y lejanas galaxias, con el fin de concretar insólitos negocios. Es un tipo de ciencia ficción a la latinoamericana, en los cuales no hay supertecnologías, sino simples charlas repletas de humor.
1980 es el año de “Algo urgentemente”, de João Gilberto Noll, que alude con trazo duro y descarnado a una realidad despiadada: la de los marginados sociales brasileños.
María Amélia Mello (brasileña) en “Flor de desierto” (1984) desarrolla una relación sadomasoquista que nace entre una mujer adulta y un jovencito mientras éste la asalta. Pese al lenguaje desinhibido y crudo que utiliza, la autora forja bellas e inesperadas imágenes. Él es un delincuente menor, un perdedor, y ella una burguesa descontenta. María Antonieta Pereira opina que este tipo de narrativa aborda “la desintegración de la vida urbana”.
 “Un discurso sobre el método” (1989), de Sérgio Sant´Anna, de Brasil, expone un desgarramiento social patético, en el cual todos los valores tambalean. El limpiador de vidrios que protagoniza el cuento está acuciado por un desasosiego que lo induce a pensar en el suicidio como camino para “no sufrir”. El autor lo describe de esta manera: “Él era un hombre que vivía en las inmediaciones del presente, ya que el pasado no le traía ningún recuerdo agradable en especial, y el futuro era mejor no preverlo, de tan previsible”.
“La pregunta” (1998), del panameño Justo Arroyo, es un breve cuento que refiere la voluntad de un viejo que se impone a los parroquianos de un restaurante en un final impactante. Logra su tensión mediante un estilo suelto y fluido, de frases cortas.
Guillermo Cabrera Infante (Cuba) ganó el Premio Cervantes en 1997 y, aunque es muy conocido por sus novelas y ensayos, también dio en 1999 su Todo está con espejos, que el subtituló Cuentos casi completos, en los que vuelve a deleitar con sus juegos de palabras y giros idiomáticos, que sugieren el swing del jazz.
En estos años se puso de moda la novela histórica, y tuvo su repercusión en el cuento. “El conde de Ovando” (2000), del puertorriqueño José López Nieves, titular de la famosa página ciudadseva.com, compone una obra cercana a una nouvelle, en la que flota un aura de misterio. El autor registra el horror de la tortura y las arbitrariedades del poder, tanto por parte de la Iglesia como de las autoridades civiles. En ambos bandos confrontados reina el oscurantismo y la ignorancia. El relato se desarrolla en Puerto Rico y en la segunda mitad del siglo XVI.
“Borrón” (2002), de Silviano Santiago, proclama una impactante definición (“Un buen cuento es un campo minado”) para rememorar en tono melancólico un hecho traumático olvidado que fue protagonizado por un brasileño en los EE.UU., y establece un paralelo entre ambos países respecto a los padecimientos sufridos por el flagelo de la esclavitud.
“La soledad de Fidel Castro” (2004), de Andrés Sant´Anna (Brasil), marca las vacilaciones ideológicas y la confusión que sufre un individuo nacido en 1964 que presenció la dictadura militar brasileña, la caída del muro de Berlín, la descomposición de la URSS, la trayectoria del “Che” Guevara y los discursos de Fidel Castro. La decepción se apodera de este personaje que carece de conciencia política y sólo absorbe datos de los diarios y de la TV. 
Bibliografía
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El corazón delator.

Edgar Allan Poe



¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!
FIN
Edgar Allan Poe

(Boston, EE UU, 1809-Baltimore, id., 1849) Poeta, cuentista y crítico estadounidense. Sus padres, actores de teatro itinerantes, murieron cuando él era todavía un niño. Edgar Allan Poe fue educado por John Allan, un acaudalado hombre de negocios de Richmond, y de 1815 a 1820 vivió con éste y su esposa en el Reino Unido, donde comenzó su educación.
Después de regresar a Estados Unidos, Edgar Allan Poe siguió estudiando en centros privados y asistió a la Universidad de Virginia, pero en 1827 su afición al juego y a la bebida le acarreó la expulsión. Abandonó poco después el puesto de empleado que le había asignado su padre adoptivo, y viajó a Boston, donde publicó anónimamente su primer libro, Tamerlán y otros poemas (Tamerlane and Other Poems, 1827).
Se alistó luego en el ejército, en el que permaneció dos años. En 1829 apareció su segundo libro de poemas, Al Aaraf, y obtuvo, por influencia de su padre adoptivo, un cargo en la Academia Militar de West Point, de la que a los pocos meses fue expulsado por negligencia en el cumplimiento del deber.
En 1832, y después de la publicación de su tercer libro, Poemas (Poems by Edgar Allan Poe, 1831), se desplazó a Baltimore, donde contrajo matrimonio con su jovencísima prima Virginia Clem, que contaba sólo catorce años de edad. Por esta época entró como redactor en el periódico Southern Baltimore Messenger, y más tarde en varias revistas en Filadelfia y Nueva York, ciudad en la que se había instalado con su esposa en 1837.

Edgar Allan Poe
Su labor como crítico literario incisivo y a menudo escandaloso le granjeó cierta notoriedad, y sus originales apreciaciones acerca del cuento y de la naturaleza de la poesía no dejarían de ganar influencia con el tiempo. La larga enfermedad de su esposa convirtió su matrimonio en una experiencia amarga; cuando ella murió, en 1847, se agravó su tendencia al alcoholismo y al consumo de drogas, según testimonio de sus contemporáneos. Ambas fueron, con toda probabilidad, la causa de su muerte.

La obra de Edgar Allan Poe

Según Poe, la máxima expresión literaria era la poesía, y a ella dedicó sus mayores esfuerzos. Es justamente célebre su extenso poema El cuervo (The Raven, 1845), donde su dominio del ritmo y la sonoridad del verso llegan a su máxima expresión.Las campanas (The Bells, 1849), que evoca constantemente sonidos metálicos, Ulalume (1831) yAnnabel Lee (1849) manifiestan idéntico virtuosismo.
Pero la genialidad y la originalidad de Edgar Allan Poe encuentran quizás su mejor expresión en los cuentos, que, según sus propias apreciaciones críticas, son la segunda forma literaria, pues permiten una lectura sin interrupciones, y por tanto la unidad de efecto que resulta imposible en la novela.


Publicados bajo el título Cuentos de lo grotesco y de lo arabesco (Tales of the Grotesque and Arabesque, 1840), aunque hubo nuevas recopilaciones de narraciones suyas en 1843 y 1845, la mayoría se desarrolla en un ambiente gótico y siniestro, plagado de intervenciones sobrenaturales, y en muchos casos preludian la literatura moderna de terror; buen ejemplo de ello es La caída de la casa Usher (The Fall of the House of Usher).
Su cuento Los crímenes de la calle Morgue (The Murders in the Rue Morgue) se ha considerado, con toda razón, como el fundador del género de la novela de misterio y detectivesca. Destaca también su única novela Las aventuras de Arthur Gordon Pym (The Narrative of Arthur Gordon Pym), de crudo realismo y en la que reaparecen numerosos elementos de sus cuentos. La obra de Poe influyó notablemente en los simbolistas franceses, en especial en Charles Baudelaire, quien lo dio a conocer en Europa.

jueves, 23 de mayo de 2013

Los Hermanos Grimm.



Jacob Grimm (Hanau, actual Alemania, 1785-Berlín, 1863) y Wilhelm Grimm (Hanau, 1786-Berlín, 1859). Cuentistas y filólogos alemanes. Conocidos sobre todo por sus colecciones de canciones y cuentos populares, así como por los trabajos de Jacob en la historia de la lingüística y de la filología alemanas, eran los dos hermanos mayores de un total de seis, hijos de un abogado y pastor de la Iglesia Calvinista.




Siguiendo los pasos de su padre, estudiaron derecho en la Universidad de Marburgo (1802-1806), donde iniciaron una intensa relación con C. Brentano, quien les introdujo en la poesía popular, y con F. K. von Savigny, el cual los inició en un método de investigación de textos que supuso la base de sus trabajos posteriores. Se adhirieron además a las ideas sobre poesía popular del filósofo J.G. Herder.
Entre 1812 y 1822, los hermanos Grimm publicaron los Cuentos infantiles y del hogar, una colección de cuentos recogidos de diferentes tradiciones, a menudo conocida como Los cuentos de hadas de los hermanos Grimm. El gran mérito de Wilhelm Grimfue el de mantener en esta publicación el carácter original de los relatos. Siguió luego otra colección de leyendas históricas germanas, Leyendas alemanas(1816-1818). Jacob Grimm, por su parte, volvió al estudio de la filología con un trabajo sobre gramática,La gramática alemana (1819-1837), que ha ejercido gran influencia en los estudios contemporáneos de lingüística.
En 1829 se trasladaron a la Universidad de Gotinga, y de ésta, invitados en 1840 por el rey Federico Guillermo IV de Prusia, a la de Berlín, en calidad de miembros de la Real Academia de las Ciencias. Allí comenzaron su más ambiciosa empresa, el Diccionario alemán, un complejo trabajo (del que editaron solamente el primer volumen) que ha requerido muchas colaboraciones y no se concluyó hasta comienzos de la década de 1860.


Los cuentos de los hermanos Grimm
Los Cuentos infantiles y del hogar fueron publicados entre 1812 y 1822, en tres volúmenes. La colección de cantos populares El cuerno maravilloso del niño, de Armin y Brentano, dieron a los hermanos Grimm la idea de preparar una colección de cuentos populares. Según propósito de los Grimm, esta obra había de ser sobre todo un monumento erigido a la literatura popular, un documento que recogiese de boca del pueblo lo poco que se había salvado de la gran producción medieval germánica y que constituía la tradición nacional que suponían perdida.


Sus fuentes principales fueron, además de los recuerdos de su propia infancia y de la de sus amigos, la gente sencilla del pueblo que ellos iban interrogando y, sobre todo, Cassel, la hija del farmacéutico Wild, que repetía las historias oídas en su infancia de boca de la "vieja María".
Al transcribir estos cuentos procuraron conservar fielmente no sólo su trama sino también el tono y las expresiones de que aquellas personas se servían, efectuando así en esta esfera una obra casi sin precedentes, porque literatos como Musäus y otros hasta entonces se habían servido de los cuentos populares como estructura para engarzar en ellos divagaciones morales o alusiones poéticas y literarias.


Sólo en una segunda época se aprovecharon también de fuentes literarias como Lutero, Hans Sachs, Moscherosch o Jung-Stilling, pero esforzándose por hallar bajo las variaciones y los embellecimientos literarios la primitiva ingenuidad de trama y de estilo (proverbios, repeticiones), guiados sobre todo por su instinto poético.


Se ha dicho que estos cuentos se han vuelto verdaderamente populares por medio del libro de los hermano Grimm. Lo cierto es que ellos supieron darles tanta frescura que pocos libros hacen revivir de inmediato la misteriosa y profunda intimidad de la naturaleza germánica, permitiendo sentirla con el espíritu con que a ella acude el pueblo alemán.
Las fábulas contienen casi siempre una verdad objetiva, una lección práctica, siempre aventajada, sin embargo, por la inspiración genuina de la poesía popular. Forman parte de esta colección de más de doscientos cuentos, entre los que figuran narraciones tan famosas como BlancanievesLa Cenicienta,PulgarcitoJuan con suerteLeyenda de los duendecillos,La hija del molineroCaperucita RojaRabanitaEn busca del miedoLos músicos de Bremen o Barba Azul.


Aunque según la idea de sus compiladores esta obra no estaba destinada a ser un libro infantil, Goethe, apenas la hubo leído, escribió a Stein que estaba escrita "para hacer felices a los niños", y puede considerarse como un gran acontecimiento literario de principios del siglo XIX alemán, porque desde entonces se convirtió en el libro de la juventud alemana, con el cual generaciones y generaciones formaron su alma.


La obra dio lugar a una polémica de cierta importancia con Brentano y con Arnim. Los dos poetas, que habían precedido de modo muy diverso que los Grimm en su colección de cantos populares, refundiéndolos formalmente, hallaron desaliñada y pobre la redacción de estos cuentos. Ello se debió a que, mientras Arnim y Brentano no distinguían entre poesía popular y poesía artística y reconocían para una y otra los mismos derechos, los Grimm creían que la segunda no podía sino esforzarse (aunque siempre inútilmente) por parecerse a la primera, la cual, representada por las grandes epopeyas o por los cuentecitos, era infinitamente superior y estaba dotada de una fuerza poética metafísica anterior a la misma humanidad.












Rapunzel



Había una vez un hombre y una mujer que vivían solos y desconsolados por no tener hijos, hasta que, por fin, la mujer concibió la esperanza de que Dios Nuestro Señor se disponía a satisfacer su anhelo. La casa en que vivían tenía en la pared trasera una ventanita que daba a un magnífico jardín, en el que crecían espléndidas flores y plantas; pero estaba rodeado de un alto muro y nadie osaba entrar en él, ya que pertenecía a una bruja muy poderosa y temida de todo el mundo. Un día asomóse la mujer a aquella ventana a contemplar el jardín, y vio un bancal plantado de hermosísimas verdezuelas, tan frescas y verdes, que despertaron en ella un violento antojo de comerlas. El antojo fue en aumento cada día que pasaba, y como la mujer lo creía irrealizable, iba perdiendo la color y desmirriándose, a ojos vistas. Viéndola tan desmejorada, le preguntó asustado su marido: "¿Qué te ocurre, mujer?" - "¡Ay!" exclamó ella, "me moriré si no puedo comer las verdezuelas del jardín que hay detrás de nuestra casa." El hombre, que quería mucho a su esposa, pensó: "Antes que dejarla morir conseguiré las verdezuelas, cueste lo que cueste." Y, al anochecer, saltó el muro del jardín de la bruja, arrancó precipitadamente un puñado de verdezuelas y las llevó a su mujer. Ésta se preparó enseguida una ensalada y se la comió muy a gusto; y tanto le y tanto le gustaron, que, al día siguiente, su afán era tres veces más intenso. Si quería gozar de paz, el marido debía saltar nuevamente al jardín. Y así lo hizo, al anochecer. Pero apenas había puesto los pies en el suelo, tuvo un terrible sobresalto, pues vio surgir ante sí la bruja. "¿Cómo te atreves," díjole ésta con mirada iracunda, "a entrar cual un ladrón en mi jardín y robarme las verdezuelas? Lo pagarás muy caro." - "¡Ay!" respondió el hombre, "tened compasión de mí. Si lo he hecho, ha sido por una gran necesidad: mi esposa vio desde la ventana vuestras verdezuelas y sintió un antojo tan grande de comerlas, que si no las tuviera se moriría." La hechicera se dejó ablandar y le dijo: "Si es como dices, te dejaré coger cuantas verdezuelas quieras, con una sola condición: tienes que darme el hijo que os nazca. Estará bien y lo cuidaré como una madre." Tan apurado estaba el hombre, que se avino a todo y, cuando nació el hijo, que era una niña, presentóse la bruja y, después de ponerle el nombre de Verdezuela; se la llevó.

Verdezuela era la niña más hermosa que viera el sol. Cuando cumplió los doce años, la hechicera la encerró en una torre que se alzaba en medio de un bosque y no tenía puertas ni escaleras; únicamente en lo alto había una diminuta ventana. Cuando la bruja quería entrar, colocábase al pie y gritaba:
"¡Verdezuela, Verdezuela,
Suéltame tu cabellera!"
Verdezuela tenía un cabello magnífico y larguísimo, fino como hebras de oro. Cuando oía la voz de la hechicera se soltaba las trenzas, las envolvía en torno a un gancho de la ventana y las dejaba colgantes: y como tenían veinte varas de longitud, la bruja trepaba por ellas.

Al cabo de algunos años, sucedió que el hijo del Rey, encontrándose en el bosque, acertó a pasar junto a la torre y oyó un canto tan melodioso, que hubo de detenerse a escucharlo. Era Verdezuela, que entretenía su soledad lanzando al aire su dulcísima voz. El príncipe quiso subir hasta ella y buscó la puerta de la torre, pero, no encontrando ninguna, se volvió a palacio. No obstante, aquel canto lo había arrobado de tal modo, que todos los días iba al bosque a escucharlo. Hallándose una vez oculto detrás de un árbol, vio que se acercaba la hechicera, y la oyó que gritaba, dirigiéndose a o alto:
"¡Verdezuela, Verdezuela,
Suéltame tu cabellera!"
Verdezuela soltó sus trenzas, y la bruja se encaramó a lo alto de la torre. "Si ésta es la escalera para subir hasta allí," se dijo el príncipe, "también yo probaré fortuna." Y al día siguiente, cuando ya comenzaba a oscurecer, encaminóse al pie de la torre y dijo:
"¡Verdezuela, Verdezuela,
Suéltame tu cabellera!"
Enseguida descendió la trenza, y el príncipe subió.

En el primer momento, Verdezuela se asustó Verdezuela se asustó mucho al ver un hombre, pues jamás sus ojos habían visto ninguno. Pero el príncipe le dirigió la palabra con gran afabilidad y le explicó que su canto había impresionado de tal manera su corazón, que ya no había gozado de un momento de paz hasta hallar la manera de subir a verla. Al escucharlo perdió Verdezuela el miedo, y cuando él le preguntó si lo quería por esposo, viendo la muchacha que era joven y apuesto, pensó, "Me querrá más que la vieja," y le respondió, poniendo la mano en la suya: "Sí; mucho deseo irme contigo; pero no sé cómo bajar de aquí. Cada vez que vengas, tráete una madeja de seda; con ellas trenzaré una escalera y, cuando esté terminada, bajaré y tú me llevarás en tu caballo." Convinieron en que hasta entonces el príncipe acudiría todas las noches, ya que de día iba la vieja. La hechicera nada sospechaba, hasta que un día Verdezuela le preguntó: "Decidme, tía Gothel, ¿cómo es que me cuesta mucho más subiros a vos que al príncipe, que está arriba en un santiamén?" - "¡Ah, malvada!" exclamó la bruja, "¿qué es lo que oigo? Pensé que te había aislado de todo el mundo, y, sin embargo, me has engañado." Y, furiosa, cogió las hermosas trenzas de Verdezuela, les dio unas vueltas alrededor de su mano izquierda y, empujando unas tijeras con la derecha, zis, zas, en un abrir y cerrar de ojos cerrar de ojos se las cortó, y tiró al suelo la espléndida cabellera. Y fue tan despiadada, que condujo a la pobre Verdezuela a un lugar desierto, condenándola a una vida de desolación y miseria.

El mismo día en que se había llevado a la muchacha, la bruja ató las trenzas cortadas al gancho de la ventana, y cuando se presentó el príncipe y dijo:
"¡Verdezuela, Verdezuela,
Suéltame tu cabellera!"
la bruja las soltó, y por ellas subió el hijo del Rey. Pero en vez de encontrar a su adorada Verdezuela hallóse cara a cara con la hechicera, que lo miraba con ojos malignos y perversos: "¡Ajá!" exclamó en tono de burla, "querías llevarte a la niña bonita; pero el pajarillo ya no está en el nido ni volverá a cantar. El gato lo ha cazado, y también a ti te sacará los ojos. Verdezuela está perdida para ti; jamás volverás a verla." El príncipe, fuera de sí de dolor y desesperación, se arrojó desde lo alto de la torre. Salvó la vida, pero los espinos sobre los que fue a caer se le clavaron en los ojos, y el infeliz hubo de vagar errante por el bosque, ciego, alimentándose de raíces y bayas y llorando sin cesar la pérdida de su amada mujercita. Y así anduvo sin rumbo por espacio de varios años, mísero y triste, hasta que, al fin, llegó al desierto en que vivía Verdezuela con los dos hijitos los dos hijitos gemelos, un niño y una niña, a los que había dado a luz. Oyó el príncipe una voz que le pareció conocida y, al acercarse, reconociólo Verdezuela y se le echó al cuello llorando. Dos de sus lágrimas le humedecieron los ojos, y en el mismo momento se le aclararon, volviendo a ver como antes. Llevóla a su reino, donde fue recibido con gran alegría, y vivieron muchos años contentos y felices.


* * * FIN * * *

Blancanieves

Un cuento de los hermanos Grimm



Había una vez, en pleno invierno, una reina que se dedicaba a la costura sentada cerca de una venta-na con marco de ébano negro. Los copos de nieve caían del cielo como plumones. Mirando nevar se pinchó un dedo con su aguja y tres gotas de sangre cayeron en la nieve. Como el efecto que hacía el rojo sobre la blanca nieve era tan bello, la reina se dijo.
-¡Ojalá tuviera una niña tan blanca como la nie-ve, tan roja como la sangre y tan negra como la madera de ébano!
Poco después tuvo una niñita que era tan blanca como la nieve, tan encarnada como la sangre y cuyos cabellos eran tan negros como el ébano.
Por todo eso fue llamada Blancanieves. Y al na-cer la niña, la reina murió.
Un año más tarde el rey tomó otra esposa. Era una mujer bella pero orgullosa y arrogante, y no po-día soportar que nadie la superara en belleza. Tenía un espejo maravilloso y cuando se ponía frente a él, mirándose le preguntaba:
¡Espejito, espejito de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región?
Entonces el espejo respondía:
La Reina es la más hermosa de esta región.
Ella quedaba satisfecha pues sabía que su espejo siempre decía la verdad.
Pero Blancanieves crecía y embellecía cada vez más; cuando alcanzó los siete años era tan bella co-mo la clara luz del día y aún más linda que la reina.
Ocurrió que un día cuando le preguntó al espejo:
¡Espejito, espejito de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región?
el espejo respondió:
La Reina es la hermosa de este lugar,
pero la linda Blancanieves lo es mucho más.
Entonces la reina tuvo miedo y se puso amarilla y verde de envidia. A partir de ese momento, cuando veía a Blancanieves el corazón le daba un vuelco en el pecho, tal era el odio que sentía por la niña. Y su envidia y su orgullo crecían cada día más, como una mala hierba, de tal modo que no encontraba reposo, ni de día ni de noche.
Entonces hizo llamar a un cazador y le dijo:
-Lleva esa niña al bosque; no quiero que aparez-ca más ante mis ojos. La matarás y me traerás sus pulmones y su hígado como prueba.
El cazador obedeció y se la llevó, pero cuando quiso atravesar el corazón de Blancanieves, la niña se puso a llorar y exclamó:
-¡Mi buen cazador, no me mates!; correré hacia el bosque espeso y no volveré nunca más.
Como era tan linda el cazador tuvo piedad y di-jo:
-¡Corre, pues, mi pobre niña!
Pensaba, sin embargo, que las fieras pronto la devorarían. No obstante, no tener que matarla fue para él como si le quitaran un peso del corazón. Un cerdito venía saltando; el cazador lo mató, extrajo sus pulmones y su hígado y los llevó a la reina como prueba de que había cumplido su misión. El cocine-ro los cocinó con sal y la mala mujer los comió cre-yendo comer los pulmones y el hígado de Blancanieves.
Por su parte, la pobre niña se encontraba en medio de los grandes bosques, abandonada por todos y con tal miedo que todas las hojas de los árbo-les la asustaban. No tenía idea de cómo arreglárselas y entonces corrió y corrió sobre guijarros filosos y a través de las zarzas. Los animales salvajes se cruza-ban con ella pero no le hacían ningún daño. Corrió hasta la caída de la tarde; entonces vio una casita a la que entró para descansar. En la cabañita todo era pequeño, pero tan lindo y limpio como se pueda imaginar. Había una mesita pequeña con un mantel blanco y sobre él siete platitos, cada uno con su pe-queña cuchara, más siete cuchillos, siete tenedores y siete vasos, todos pequeños. A lo largo de la pared estaban dispuestas, una junto a la otra, siete camitas cubiertas con sábanas blancas como la nieve. Como tenía mucha hambre y mucha sed, Blancanieves co-mió trozos de legumbres y de pan de cada platito y bebió una gota de vino de cada vasito. Luego se sin-tió muy cansada y se quiso acostar en una de las ca-mas. Pero ninguna era de su medida; una era demasiado larga, otra un poco corta, hasta que fi-nalmente la séptima le vino bien. Se acostó, se en-comendó a Dios y se durmió.
Cuando cayó la noche volvieron los dueños de casa; eran siete enanos que excavaban y extraían metal en las montañas. Encendieron sus siete faro-litos y vieron que alguien había venido, pues las co-sas no estaban en el orden en que las habían dejado. El primero dijo:
-¿Quién se sentó en mi sillita?
El segundo:
-¿Quién comió en mi platito?
El tercero:
-¿Quién comió de mi pan?
El cuarto:
-¿Quién comió de mis legumbres?
El quinto.
-¿Quién pinchó con mi tenedor?
El sexto:
-¿Quién cortó con mi cuchillo?
El séptimo:
-¿Quién bebió en mi vaso?
Luego el primero pasó su vista alrededor y vio una pequeña arruga en su cama y dijo:
-¿Quién anduvo en mi lecho?
Los otros acudieron y exclamaron:
-¡Alguien se ha acostado en el mío también! Mi-rando en el suyo, el séptimo descubrió a Blancanie-ves, acostada y dormida. Llamó a los otros, que se precipitaron con exclamaciones de asombro. Enton-ces fueron a buscar sus siete farolitos para alumbrar a Blancanieves.
-¡Oh, mi Dios -exclamaron- qué bella es esta ni-ña!
Y sintieron una alegría tan grande que no la des-pertaron y la dejaron proseguir su sueño. El séptimo enano se acostó una hora con cada uno de sus com-pañeros y así pasó la noche.
Al amanecer, Blancanieves despertó y viendo a los siete enanos tuvo miedo. Pero ellos se mostraron amables y le preguntaron.
-¿Cómo te llamas?
-Me llamo Blancanieves -respondió ella.
-¿Como llegaste hasta nuestra casa?
Entonces ella les contó que su madrastra había querido matarla pero el cazador había tenido piedad de ella permitiéndole correr durante todo el día hasta encontrar la casita.
Los enanos le dijeron:
-Si quieres hacer la tarea de la casa, cocinar, ha-cer las camas, lavar, coser y tejer y si tienes todo en orden y bien limpio puedes quedarte con nosotros; no te faltará nada.
-Sí -respondió Blancanieves- acepto de todo co-razón. Y se quedó con ellos.
Blancanieves tuvo la casa en orden. Por las ma-ñanas los enanos partían hacia las montañas, donde buscaban los minerales y el oro, y regresaban por la noche. Para ese entonces la comida estaba lista.
Durante todo el día la niña permanecía sola; los buenos enanos la previnieron:
-¡Cuídate de tu madrastra; pronto sabrá que estás aquí! ¡No dejes entrar a nadie!
La reina, una vez que comió los que creía que eran los pulmones y el hígado de Blancanieves, se creyó de nuevo la principal y la más bella de todas las mujeres. Se puso ante el espejo y dijo:
¡Espejito, espejito de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región?
Entonces el espejo respondió.
Pero, pasando los bosques,
en la casa de los enanos,
la linda Blancanieves lo es mucho más.
La Reina es la más hermosa de este lugar
La reina quedó aterrorizada pues sabía que el es-pejo no mentía nunca. Se dio cuenta de que el caza-dor la había engañado y de que Blancanieves vivía. Reflexionó y buscó un nuevo modo de deshacerse de ella pues hasta que no fuera la más bella de la re-gión la envidia no le daría tregua ni reposo. Cuando finalmente urdió un plan se pintó la cara, se vistió como una vieja buhonera y quedó totalmente irre-conocible.
Así disfrazada atravesó las siete montañas y llegó a la casa de los siete enanos, golpeó a la puerta y gritó:
-¡Vendo buena mercadería! ¡Vendo! ¡Vendo!
Blancanieves miró por la ventana y dijo:
-Buen día, buena mujer. ¿Qué vende usted?
-Una excelente mercadería -respondió-; cintas de todos colores.
La vieja sacó una trenzada en seda multicolor, y Blancanieves pensó:
-Bien puedo dejar entrar a esta buena mujer.
Corrió el cerrojo para permitirle el paso y poder comprar esa linda cinta.
-¡Niña -dijo la vieja- qué mal te has puesto esa cinta! Acércate que te la arreglo como se debe.
Blancanieves, que no desconfiaba, se colocó delante de ella para que le arreglara el lazo. Pero rápi-damente la vieja lo oprimió tan fuerte que Blancanieves perdió el aliento y cayó como muerta.
-Y bien -dijo la vieja-, dejaste de ser la más bella. Y se fue.
Poco después, a la noche, los siete enanos regre-saron a la casa y se asustaron mucho al ver a Blanca-nieves en el suelo, inmóvil. La levantaron y descubrieron el lazo que la oprimía. Lo cortaron y Blancanieves comenzó a respirar y a reanimarse po-co a poco.
Cuando los enanos supieron lo que había pasado dijeron:
-La vieja vendedora no era otra que la malvada reina. ¡Ten mucho cuidado y no dejes entrar a nadie cuando no estamos cerca!
Cuando la reina volvió a su casa se puso frente al espejo y preguntó:
¡Espejito, espejito, de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región?
Entonces, como la vez anterior, respondió:
La Reina es la más hermosa de este lugar,
Pero pasando los bosques,
en la casa de los enanos,
la linda Blancanieves lo es mucho más.
Cuando oyó estas palabras toda la sangre le aflu-yó al corazón. El terror la invadió, pues era claro que Blancanieves había recobrado la vida.
-Pero ahora -dijo ella- voy a inventar algo que te hará perecer.
Y con la ayuda de sortilegios, en los que era ex-perta, fabricó un peine envenenado. Luego se disfra-zó tomando el aspecto de otra vieja. Así vestida atravesó las siete montañas y llegó a la casa de los siete enanos. Golpeó a la puerta y gritó:
-¡Vendo buena mercadería! ¡Vendo! ¡Vendo!
Blancanieves miró desde adentro y dijo:
-Sigue tu camino; no puedo dejar entrar a nadie.
-Al menos podrás mirar -dijo la vieja, sacando el peine envenenado y levantándolo en el aire.
Tanto le gustó a la niña que se dejó seducir y abrió la puerta. Cuando se pusieron de acuerdo so-bre la compra la vieja le dilo:
-Ahora te voy a peinar como corresponde.
La pobre Blancanieves, que nunca pensaba mal, dejó hacer a la vieja pero apenas ésta le había puesto el peine en los cabellos el veneno hizo su efecto y la pequeña cayó sin conocimiento.
-¡Oh, prodigio de belleza -dijo la mala mujer-ahora sí que acabé contigo!
Por suerte la noche llegó pronto trayendo a los enanos con ella. Cuando vieron a Blancanieves en el suelo, como muerta, sospecharon enseguida de la madrastra. Examinaron a la niña y encontraron el peine envenenado. Apenas lo retiraron, Blancanieves volvió en sí y les contó lo que había sucedido. En-tonces le advirtieron una vez más que debería cui-darse y no abrir la puerta a nadie.
En cuanto llegó a su casa la reina se colocó frente al espejo y dijo:
¡Espejito, espejito de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región?
Y el espejito, respondió nuevamente:
La Reina es la más hermosa de este lugar.
Pero pasando los bosques,
en la casa de los enanos,
la linda Blancanieves lo es mucho más.
La reina al oír hablar al espejo de ese modo, se estremeció y tembló de cólera.
-Es necesario que Blancanieves muera -exclamó-aunque me cueste la vida a mí misma.
Se dirigió entonces a una habitación escondida y solitaria a la que nadie podía entrar y fabricó una manzana envenenada. Exteriormente parecía buena, blanca y roja y tan bien hecha que tentaba a quien la veía; pero apenas se comía un trocito sobrevenía la muerte. Cuando la manzana estuvo pronta, se pintó la cara, se disfrazó de campesina y atravesó las siete montañas hasta llegar a la casa de los siete enanos.
Golpeó. Blancanieves sacó la cabeza por la ven-tana y dijo:
-No puedo dejar entrar a nadie; los enanos me lo han prohibido.
-No es nada -dijo la campesina- me voy a librar de mis manzanas. Toma, te voy a dar una.
-No-dijo Blancanieves -tampoco debo aceptar nada.
-¿Ternes que esté envenenada? -dijo la vieja-; mi-ra, corto la manzana en dos partes; tú comerás la parte roja y yo la blanca.
La manzana estaba tan ingeniosamente hecha que solamente la parte roja contenía veneno. La be-lla manzana tentaba a Blancanieves y cuando vio a la campesina comer no pudo resistir más, estiró la ma-no y tomó la mitad envenenada. Apenas tuvo un trozo en la boca, cayó muerta.
Entonces la vieja la examinó con mirada horri-ble, rió muy fuerte y dijo.
-Blanca como la nieve, roja como la sangre, ne-gra como el ébano. ¡Esta vez los enanos no podrán reanimarte!
Vuelta a su casa interrogó al espejo:
¡Espejito, espejito de mi habitación!
¿Quién es la más hermosa de esta región? Y el espejo finalmente respondió. La Reina es la más hermosa de esta región.
Entonces su corazón envidioso encontró repo-so, si es que los corazones envidiosos pueden en-contrar alguna vez reposo.
A la noche, al volver a la casa, los enanitos en-contraron a Blancanieves tendida en el suelo sin que un solo aliento escapara de su boca: estaba muerta. La levantaron, buscaron alguna cosa envenenada, aflojaron sus lazos, le peinaron los cabellos, la lava-ron con agua y con vino pelo todo esto no sirvió de nada: la querida niña estaba muerta y siguió están-dolo.
La pusieron en una parihuela. se sentaron junto a ella y durante tres días lloraron. Luego quisieron enterrarla pero ella estaba tan fresca como una per-sona viva y mantenía aún sus mejillas sonrosadas.
Los enanos se dijeron:
-No podemos ponerla bajo la negra tierra. E hi-cieron un ataúd de vidrio para que se la pudiera ver desde todos los ángulos, la pusieron adentro e inscribieron su nombre en letras de oro proclamando que era hija de un rey. Luego expusieron el ataúd en la montaña. Uno de ellos permanecería siempre a su lado para cuidarla. Los animales también vinieron a llorarla: primero un mochuelo, luego un cuervo y más tarde una palomita.
Blancanieves permaneció mucho tiempo en el ataúd sin descomponerse; al contrario, parecía dor-mir, ya que siempre estaba blanca como la nieve, roja como la sangre y sus cabellos eran negros como el ébano.
Ocurrió una vez que el hijo de un rey llegó, por azar, al bosque y fue a casa de los enanos a pasar la noche. En la montaña vio el ataúd con la hermosa Blancanieves en su interior y leyó lo que estaba es-crito en letras de oro.
Entonces dijo a los enanos:
-Dénme ese ataúd; les daré lo que quieran a cambio.
-No lo daríamos por todo el oro del mundo -respondieron los enanos.
-En ese caso -replicó el príncipe- regálenmelo pues no puedo vivir sin ver a Blancanieves. La hon-raré, la estimaré como a lo que más quiero en el mundo.
Al oírlo hablar de este modo los enanos tuvieron piedad de él y le dieron el ataúd. El príncipe lo hizo llevar sobre las espaldas de sus servidores, pero su-cedió que éstos tropezaron contra un arbusto y co-mo consecuencia del sacudón el trozo de manzana envenenada que Blancanieves aún conservaba en su garganta fue despedido hacia afuera. Poco después abrió los ojos, levantó la tapa del ataúd y se irguió, resucitada.
-¡Oh, Dios!, ¿dónde estoy? -exclamó.
-Estás a mi lado -le dijo el príncipe lleno de ale-gría.
Le contó lo que había pasado y le dijo:
-Te amo como a nadie en el mundo; ven conmi-go al castillo de mi padre; serás mi mujer.
Entonces Blancanieves comenzó a sentir cariño por él y se preparó la boda con gran pompa y mag-nificencia.
También fue invitada a la fiesta la madrastra criminal de Blancanieves. Después de vestirse con sus hermosos trajes fue ante el espejo y preguntó:
¡Espejito, espejito de mi habitación! ¿Quién es la más hermosa de esta región?
El espejo respondió:
La Reina es la más hermosa de este lugar. Pero la joven Reina lo es mucho más.
Entonces la mala mujer lanzó un juramento y tuvo tanto, tanto miedo, que no supo qué hacer. Al principio no quería ir de ningún modo a la boda. Pero no encontró reposo hasta no ver a la joven reina.
Al entrar reconoció a Blancanieves y la angustia y el espanto que le produjo el descubrimiento la de-jaron clavada al piso sin poder moverse.
Pero ya habían puesto zapatos de hierro sobre carbones encendidos y luego los colocaron delante de ella con tenazas. Se obligó a la bruja a entrar en esos zapatos incandescentes y a bailar hasta que le llegara la muerte.

* * * FIN * * *